- Don Saúl Salazar Gómez, uno de los últimos testigos observar la construcción.
- A la memoria de don Rafael Chinchilla Chinchilla, falleció el 20 de abril de 2020, 5 años después don Saúl Salazar Gómez.
A continuación una crónica literaria que explica dos historias que se entrelazan a partir de la construcción de la Cruz de Alajuelita hoy queda este recuerdo de sus palabras, ambos ya fallecieron.
Mi última historia
Por Ronald Solano Jiménez
Esta historia comenzó a escribirse el 03 de enero de 1923 en Costa Rica, y tendrá ella los últimos alientos de vida de quien es uno de sus personajes.
En Alajuelita, Jesús Ana, una joven campesina, trajo al mundo un nuevo vecino para el cantón 10 de San José. Lo llamó Rafael Ángel Chinchilla Chinchilla, y entre llantos y enfermedades, en aquellos años comenzó a escribir sus primeras líneas en esta historia.
Pero ahora estamos en otro momento: es el domingo 26 de abril de 1925; va a finalizar la misa. Con muchos dolores, Leovigilda, otra vecina de Alajuelita, recibe la bendición del padre. Al final de la iglesia están acomodando las cajas de madera que, se dice, traen los vitrales de Alemania para el santuario.
–El padrecito alemán no se robó la plata–, dicen impactados los feligreses; las dudas se han disipado.
El polvo de verano ensucia los zapatos y el momento llega. Leovigilda se marcha para su casa; camina un poco. Inhala… contracción; exhala… contracción. Y continúa así hasta llegar a su esposo, Marcos. Llegada la noche, la brisa del norte acarrea el llanto del nuevo vecino de Alajuelita: nació Saúl Salazar Gómez.
Hoy, en calle El Alto de Alajuelita, la dirección no es exacta. La casa no fue complicada de encontrar. Rosales en el frente, zona verde y al fondo los característicos horcones que por décadas han dado la bienvenida a familiares y extraños en el corredor… estoy el lugar correcto.
Luego de llamar con un ¡upeee! -como se hacía antaño- y de golpear el portón con una moneda, sale de su casa don Saúl Salazar Gómez. Ya no es aquel niño de 1925; hoy es un ciudadano de oro.
Hombre delgado, con camisa de vestir, mancha de banano como testigo que todavía le dan sus fuerzas al campo y el característico nudo en la parte baja, donde dejan de existir los botones; pantalón azul junto con sus botas de hule que no podían ser minimizados por un imperdible e impecable sombrero.
Con un firme y fuerte apretón de manos, a sus 94 años sorprende por la claridad de su relato. Él es hijo de doña Leovigilda Gómez y don Marcos Salazar, a quien más adelante en la conversación señalará, con orgullo, como la persona que donó el terreno para que ahí se erigiera el monumento a la fe católica de San José: la cruz de Alajuelita. Es la historia que estoy próximo a relatar; pero antes con don Rafael Chinchilla, el otro protagonista de esa crónica.
Es un día de tantos del año 2020. En Alajuelita, cerca del Centro diurno del Adulto Mayor, me acoge en su hogar don Rafael. Los pasos cortos lo acompañan a la salida de su jornada; niega la ayuda para bajar la grada e ingresar a su vivienda. Con una gran sonrisa me cuenta una historia. Será la última que contará; en ese momento yo no podía saberlo.
Corren los años 30. El presbítero Rosendo de J. Valenciano tiene a cargo un templo suntuoso: la iglesia católica Nuestra Señora de la Merced, en San José. La magnificencia es su principal característica.
El cura motiva y promueve el inicio de la construcción de la cruz de Alajuelita, en el jubileo por los 1900 años de la muerte de Jesús. No parece ser una obra complicada de edificar: un par de personas correctas en el lugar correcto, y es así como el primer telegrama llega al puerto: “Hay que iniciar el traslado de excedentes del muelle de Puntarenas y el río Barranca”.
Es el año de 1933. Los vagones del tren tienen ese imperdible olor a café tostado que han trasladado a cientos de barcos en el Pacífico; los sacos de gangoche ahora sirven para limpiar piezas de metal y acero.
Es el trayecto que traerá las grandes piezas a la capital: clac, clac; izquierda, derecha; clac, clac, golpe de rueda en los rieles. A la salida de Puntarenas, el vaivén del vagón decía adiós, y el mismo vaivén, viajando al Valle Central, saluda a la capital.
Cerca, en avenida 10 de San José, hay guayabos perfumados pintados de amarillo en vez de semáforos. En ese momento, un hombre cierra un trato con un apretón de manos y el pelo de un bigote. La acera del taller es testigo. Se inicia el traslado, en carretas, de los materiales, a Alajuelita.
Un largo de dos metros es el tamaño estándar de las vigas; de lo contrario, el peso lastimará a las bestias. Se hacen los huecos y se alistan las cajas de tornillos; por los próximos dos años se escribirá una historia viva para la posteridad… a vuelta de rueda.
No sale el sol aún y ya salen del taller: sombrero, aijada, yunta, un perro que no falta y una alforja con un gallito para el camino, que regala el olor a pinto con huevo envuelto en hoja soasada.
El característico grito al frente: toooo, tooo. Se toca el yugo con la aijada; los bueyes lo conocen bien. Comienzan el lento paso al camino de cuatro horas, aproximadamente, por delante.
Es el trayecto que los lleva al sur de la capital. Un gallo brioso marca la llegada a la finca Los Hatillos; la gran pendiente hacia abajo y el sonido del río Tiribí atravesando la finca de los Solano avisan que están próximos a llegar.
El playón del río, que con regularidad alberga a los jóvenes lugareños, es un buen lugar para descansar las bestias junto a la poza, antes de transitar la gran cuesta empedrada que los llevará a lo que es hoy el centro del cantón, ante un imponente y silencioso testigo: el cerro San Miguel. El macizo desafía sin caminos la obra por comenzar.
No hay forma de perderse: hay que pasar por el centro, por lo que hoy es el actual parque de Alajuelita, virar por la escuela unidocente, donde don Lisímaco Vindas era el maestro, y enrumbarse camino a San Josecito.
El crac, crac, crac, de la vuelta de rueda subiendo la montaña, las piedrillas sueltas no son competencia para la carga y fuerza de los animales, que llegan a su primera parada obligatoria en la casa de don José María Carmona Arias.
De forma personal, el presbítero Rosendo de J. Valenciano le ha solicitado y comisionado que se haga cargo del acarreo, bodegaje y hacer llegar los materiales hasta el último tornillo a la cima del cerro San Miguel. Es el abuelo de don Víctor Eduardo Solano Carmona.
Su vivienda, herencia de su madre y a su vez de su abuelo, muestra el trapiche donde se guardaron los materiales, el abrevadero para las bestias y el moledero para el cafecito del jornalero, justo 200 metros al norte de la Iglesia Católica. El portón del frente aún es de acero forjado con remaches, y al fondo una paila silenciosa huele a azúcar…
Así es como luce la propiedad casi nueve décadas más tarde, pero esos son otros tiempos. De vuelta al pasado, todo listo para seguir rumbo al cerro San Miguel. La próxima parada será en la casa de don Cristóbal Retana, en calle La Mora, donde se dejaba la carga y se hacían los cambios de carreta para la parte más dura del trayecto.
–De los recuerdos más lindos que tengo es ver a papá subir todos los días donde hoy es la cruz de Alajuelita–, rememora don Saúl; –tenía caballos, pero subía casi siempre a pie, porque así es como se lleva una yunta de bueyes. Ese potrero era de él. Tenía vacas y maíz sembrado. Los bueyes de él estaban hechos ahí desde terneros, en esa montaña.
–Ese era el potrero donde los soltaban y les gustaba subir. Sabían que allá los soltaban por lo que jalaban duro para arriba y aguantaban bien para abajo; eran bestias de verdad. Los bueyes de papá eran una envidia. Todos le preguntaban en el camino, en la parte más dura de subir, por el secreto para criarlos de esa forma y hacer de ellos bestias tan fuertes, sin saber que era el mismo camino el que los hacía. Yo guardé su secreto hasta hoy que lo hablamos.
Mientras se abre en su historia, es imposible no notar cómo se llenan sus ojos de vida, y señalando la montaña con una mano, a la que le falta un dedo producto de un accidente al caer de su caballo hace pocos años, don Saúl volvió a vivir la escena.
Pero no todos tenían animales tan fuertes; a muchos el reto les pasó la factura.
–Había que ver lo brutos y conchos que eran los viejillos de antes. A lo largo se escuchaban los madrazos, casi hasta el centro de Alajuelita desde aquel cerro. Más de un buey quedó de La Mora para arriba y muchos bajaban chorreando sangre de los chuzazos, rememoró, por su parte, don Rafael.
¿Pero qué hacer para esa época, cuando no había caminos? Los trillos estaban llenos de piedras y cuesta arriba obligaron a hacer estrategias de trabajo. Desde el viernes en la tarde se alistaban las carretas que salían a las dos de la madrugada todos los sábados: cerca de veinte yuntas o más. Y de nuevo el crac, crac, crac de la vuelta de rueda hacia arriba, comenzando el camino a El Llano.
Partían de la casa de José María Carmona Arias; el trayecto luego los llevaría por la fuente de agua de La Mora, hoy conocida como los tanques de AyA de La Mora.
–No quedó buey en Alajuelita, Escazú, Aserrí, Desamparados o San José que no jalara para El Alto de la Caña; así conocíamos nosotros al cerro desde que éramos chiquillos–, cuenta don Rafael.
Para poder subir las cargas muy pesadas, recuerda por su parte don Saúl, se trabajó el sistema de horqueta en “Y”. Consiste en pegar una carreta sin ruedas y en lugar de ellas, dos estacones: uno a cada lado sujetados a un eje fijo y que se arrastraban por el suelo.
Si los bueyes no soportaban la carga y se venía para atrás, ahí mismo se enterraban los estacones y no permitían que los animales sufrieran. Podían ser jalados por dos o tres yuntas si el peso era mucho.
– Mamá me decía todos los días que cuidado me iba al río–, relata entre risas don Saúl; –nosotros vivíamos de Los Filtros para arriba, donde llamaban Las Itabas. Ahí está la ermita. Hoy en día se conoce como Piedra de Fuego. Yo soy de los menores de la casa, y papá y mamá fueron muy trabajadores. A mí me enseñaron a caminar, palear y volar machete al mismo tiempo.
–La vida era muy dura, pero mucho más linda–, menciona don Saúl; –recuerdo muy claro que arriba, en el cerro, hicieron una casa donde se quedaron a vivir los trabajadores de la cruz. Mamá me mandaba a dejarle comida a papá: yo era un chiquillo. Me amarraban una alforja de tela que tenía mamá para la comida de papá, ¡Dios guarde llegara tarde! Mientras corría montaña arriba, recuerdo el tintineo de las botellas de vidrio donde llevaba agua en una y café en otra. Es increíble cómo se pierde lo que creemos normal: cosas tan sencillas y llenas de vida como el olor de la montaña. Cómo extraño ver la cara de papá al verme llegar.
De repente el silencio se hizo presente; parece que los años volvieron y le robaron las fuerzas. Voltea a ver la pared; una foto de su esposa fallecida hace poco le roba un poco la respiración, y los ojos brillosos lo delatan en su emoción.
Al partir me contará que el camino es más difícil desde que partió su amada, y los horcones que recibieron visitantes en su hogar le vieron partir por última vez.
–Como papá vendía leña en el mercado, salía de la construcción los días que tenía que vender y yo lo acompañaba, pero no era solo ir a pasear. Llevábamos todo el día para trabajar. Me enseñó muy bien cómo se enyugaba y cómo se llevaba una carga pesada: el respeto que le debe tener la bestia a uno y viceversa. Yo era el que manejaba. El día llegaba a su fin, volvíamos a Alajuelita, papá pasaba a comer con mamá y luego volvía a subir otra vez.
– ¡Diay, le voy a contar algo de la cruz, porque de eso no hemos hablado nada! –, dice entre risas como deseando que la historia se haga eterna; –la primera vez que yo vi el hueco estaba muy grande y esa era la base para montar la cruz. Ahí metían dos tamaños de piezas para la base, una grande y otra mediana. Vea si el hueco era grande que usaban una escalera para poder entrar y salir–, recuerda don Saúl.
Los pasos lentos de don Rafael, el otro protagonista, acompasan uno de sus recuerdos.
–¡Mami, no puedo ver bien!–, le dije a mamá. Veía borroso y me asusté mucho. Es el primer recuerdo que tengo en mi mente que recuerdo de mi vida. Yo no sabía qué pasaba. Me llevaron al doctor, que se llamaba Ricardo Jiménez, igual que el presidente. Mi mamá lloró mucho y llegó todo San Josecito a verme… y yo sin comprender. Todavía hoy no sé qué tenía, pero volví a ver; eso hizo que mi mamá me chineara mucho.
–Papá hizo la casa donde vivíamos, en San Josecito. Cuando volví a ver, me metieron a la escuela; yo tenía como nueve años. Papá quería que yo trabajara como hombre desde niño y eso hizo: formó un hombre. Papá era un hombre muy duro, con manos toscas, siempre descalzo. No tengo un recuerdo de él de vago, menos hablar mal de nadie. Hablaba mucho con el papá de Saúl; viajaban juntos a la obra de la cruz. Aunque yo era un chiquillo, recuerdo a mamá decirme todos los días: –Apúrele; no se quede de camino jugando y no corra el caballo que su papá se da cuenta–. A él había que llevarle café caliente a la construcción todos los días. –¡Ay, que llegará tarde!
Su voz es lenta y pausada. Tras una pausa, rompe el silencio.
–Papá se murió y no le dije cuánto aprendí de él, cuánto le amé, y que andar a pata pelada era una forma de buscar su aceptación. A pesar de ser tan duro, hoy entiendo que solo quiso formar a un hombre. Como mamá nadie cocinó nunca; el olor a café caliente y el gallito envuelto en hoja de plátano no podían faltarnos. Todos los viajes me acompañaron.
–La tierra mojada por el sereno hacía inolvidables aquellos momentos. Por eso yo subía a caballo, para que todo estuviera calientito, aunque igual yo iba a pata pelada… al igual que papá.
–A Saúl yo lo llevaba a caballo a veces, cuando iba para la casa; éramos chiquillos de edades parecidas; amigos y vecinos–, dice entre risas de don Rafael; –de chiquillo tampoco había muchos vecinos de patas peladas. Saúl siempre fue flaquillo, centrado y educado. Yo le prestaba el caballo para que él lo guiara, pero eso sí, no podía contarle a nadie porque si no papá me sonaba. Hoy, siendo un viejo, me doy cuenta de que mi trabajo era el más importante de todos: alimentar a mi papá. Él salía a las dos de la madrugada y yo no podía ir.
–Mamá lo mandaba tomadito de café; inundaba el aroma la casa. Por los tablones de las paredes se colaba el olor del café y de las tortillas, mientras el humo del fogón jugaba con la luz de las hendijas. Para mí ver a papá era una alegría. Yo era muy amoroso con él, pero él quizás no lo veía así. Me dio consejos muy importantes: “Un hombre nunca deja la yunta con hambre ni con sed”.
Don Rafael recuerda a los bueyes: uno era amarillo y el otro barcino.
–Ooh, papá!, los vendió y compró terneros. Una vez escuché a papá decirle a mamá que cuando hacían el hueco de la cruz, hubo una pifia, y que el primer hueco lo hicieron donde había una piedra muy grande y no pudieron escarbar más; por eso se reubicaron más arribita.
–La primera vez que vi el hueco era como de diez metros de largo por diez metros de ancho y diez metros de hondo. Recuerdo que papá llegaba con las manos en carne viva, pues usaban cal para pegar las piedras de la base.
Sin duda alguna, las historias de los hombres que construyeron y/o colaboraron en la construcción de la cruz de Alajuelita son muchas. Fue una dicha ubicar a don Rafael y a don Saúl lúcidos y llenos de entusiasmo; fue placentero escucharles contar sus historias de niños de pata pelada; hoy son robles fuertes de Alajuelita, y sobre sus ramas descansa nuestra historia.
“Un hombre nunca deja la yunta con hambre ni con sed”, resuena en mi mente la frase de Froilán Chinchilla Hidalgo, el padre de don Rafael.
–El padre Feliciano Álvarez, de Alajuelita, hizo la misa de la cruz y fue el que me casó a mí. Mi primer par de zapatos los usé cuando tenía 18 años, pero todavía me gusta andar descalzo–, concluye don Rafael.
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