¡El rostro humano de la basura!

Foto archivo E.P.I.

Esto es un reconocimiento al esfuerzo que realizan todos los recolectores de desechos, esta crónica la escribí tiempo atrás y hoy la podemos compartir. Comencemos:

En muchas ocasiones, ignoré la presencia del camión de basura y sus recolectores.

Me molestó la presencia de un vehículo obstaculizando el camino mientras corren detrás de él sus acompañantes. Hoy es diferente, estoy en mi casa, ansioso, alisto las botas viejas, un pantalón y una camisa de mi uniforme de policía, el reloj indica que faltan diez minutos para las 6:00 de la mañana. Aquí estoy en el plantel de la Municipalidad de Escazú, sin sospechar que al final del día habré encontrado… ¡El rostro humano de la basura!

Luego de tramitar un permiso para el presente trabajo y advertido con respecto a los riesgos de salud y accidentes laborales, me dirijo hacia allá. En el plantel municipal a cargo se encuentra del personal y rutas de recolección Gustavo Montero. Es imposible que no se note mi presencia, soy el único con una cámara fotográfica a la cacería de detalles, el rostro nuevo en medio de los trabajadores, 25 en total, entre choferes de camión y recolectores.

La jornada comienza con una rápida inducción, el punto principal es qué hago yo ahí, me presento y agradezco la oportunidad, se me entrega un par de guantes de hule color naranja y las principales medidas de seguridad a seguir durante el desarrollo del trabajo. Gustavo es enfático: debo de ir bien agarrado del camión, tener mucho cuidado al subir o bajar, no estar detrás del camión cuando retrocede por si el conductor no me ve, no meter la mano en el espacio de compactación, y mantener distancia, la presión puede arrojar todo tipo de escombros que se convierten en proyectiles.

Me corresponde acompañar a Edwin Carrillo Castro, ex peón de construcción, más adelante entre bolsas de basura, me confesará que como hombre ya pasó por el dolor más fuerte de la vida, al fallecerle un hijo de cinco meses de edad, me quedo absorto, por un instante el fuerte ruido de la compactadora parece no existir, se quita la gorra, lo observo fijamente, seca el sudor de la frente, hay un par de muecas que reviven el indescriptible dolor, traga grueso, el brillo le vuelve a los ojos, sonríe y me dice que es el papá de un niño de nueve años del que está muy orgulloso.

Y Edgar López Aguilar, conocido como “Torero”, un improvisado de todas las fiestas que jueguen toros, el nacido en Guápiles, consolidó su vida en San José, padre de tres niños, ex colaborador de una embotelladora, asegura que es una dicha trabajar en recolección de basura, cree que su aporte al ambiente puede generar la diferencia. Desde que labora en recolección de desechos, su vida, la estabilidad económica y familiar mejoró, lo agradece al municipio escazuceño. Pero… montemos en el camión.

Mi primera impresión al llegar a la parte trasera del camión es ver lo alto que está la grada del suelo, la segunda preocupación inmediata fue ver que los trabajadores no van sujetos a ningún tipo de arnés de seguridad, una barra de acero, sujeta de lado a lado sobre las cabezas es el principal sostén, de ella cuelgan dos neumáticos de bicicleta y un mecate de no más de 50 centímetros de largo. El olor es inconfundible, la batea donde se ingresa la basura tiene agua, que según me explican es del aseo que se hace después de cada viaje a la parte interna, para evitar o prevenir malos olores una vez finalizada la faena.

Salimos de Escazú centro, del barrio Corazón de Jesús, nos dirigimos a la ruta “Zona franca”, inicia en el sector de la antigua Paco, al norte, llegamos al primer montículo de basura y se desata lo que se puede comparar con un frenesí, se levantan las primeras dos bolsas de basura por persona y aparece una escena asquerosa, de una bolsa abierta vuelan por el cielo los papeles higiénicos, sin asco y con prisa Edgar los toma sin detallarlos con sus manos y los mete de nuevo en la bolsa, hace el nudo que en una vivienda no hicieron.

Para ellos no pasó nada, a mí, me impactó la respuesta de ellos al problema, nadie reclamó, mucho menos malas caras; antes de terminar de asimilar la situación el camión se pone en marcha, cruza la calle, nosotros corremos atrás, tomamos las bolsas cuatro cada uno y las arrojamos dentro del compactador, una breve pausa, no más de 30 segundos, gritos –JALE, JALE– de un brinco nos guindamos de la parte trasera, yo me espero a que el camión se detenga, ya Edgar y Edwin, vienen con cuatro bolsas de basura en el aire, me bajo a ayudar… Solamente queda una bolsa para mí.

Guardo la cámara en la cabina del camión y me presto a dar todo mi esfuerzo. Llegamos al primer basurero de condominio, se abren las puertas y Edwin se sumerge en él, es un espacio no mayor a un metro con veinte de alto, dos metros de ancho y metro y medio de fondo, las pequeñas puertas no dejan mucho campo para el ingreso, comienza a tirar las bolsas a fuera, sin detenernos comenzamos la carga, en menos de dos minutos se inicia la compactación, y llega una breve pausa, un fuerte ruido del motor del camión y un zumo se hace presente, a todos nos baña, yo me limpio los anteojos mientras Edgar hace los ojos chinos y escupe el sabor que se pega en la boca.

Hay que desayunar y se presenta una situación que marca mi antes y después en el trayecto.
Por salir tarde de la casa, no llevé desayuno, por lo que me hicieron el favor de detener la ruta en un supermercado en Guachipelín, ingreso a la tienda y deseo comprar una enchilada y un refresco, pero, ¿Cómo agarro las pinzas? Aunque me lavé las manos, el resto de mi persona no es lo más higiénico. Una joven que esperaba detrás de mí, guardó mucho más de metro con ochenta de seguridad por la pandemia frente a la urna de pan, ya el olor se hacía presente en mí y no a sudor.

Amablemente la joven, me empacó y dejó en la caja registradora mi repostería. Luego de tomar la decisión nos disponemos a desayunar.
Una valla publicitaria, sirve de respaldar y el camión, tapa la ruta 27, en un pequeño espacio de no más de dos metros de ancho, nos retiramos los guantes y aparece de la cabina un recipiente con agua, nos lavamos las manos, mucho alcohol en gel, el olor no desaparece de las manos. Se sientan directamente en el suelo, junto a una carga en ese momento demás de ocho toneladas que expiden olor. Tomo la cámara, trato de captar los instantes más íntimos de la ruta, risas van y vienen, luego de comer me permiten grabar una presentación en video de quienes son ellos.

Edwin, guarda su bolso del desayuno y por el resto de la ruta lo veo muy poco, sale corriendo adelante, hace los puños de basura para facilitar la recolección, el camión acelera, aún faltan ocho kilómetros de recorrido, al final de la ruta el camión tendrá 16 toneladas de desechos. Edgar me comenta que la pandemia no cambió nada, ellos siguen ahí, solamente en una vivienda rotularon los desechos con la indicación “CUIDADO, COVID”, el resto de los desechos siguieron igual, la lluvia tampoco hace distinción, con capa y a correr.

Las botas me pesan más de lo que puedo llevar, el cansancio y la falta de condición para una tarea tan demandante físicamente es brutal. Llegamos frente a un almacén fiscal, una bolsa se rompe, caen cientos de lucecillas para bicicletas en perfecto estado, ambos me miran yo pregunto ¿puedo coger una? Ese día todos nuestros hijos estrenaron lucecillas en sus bicicletas.

Son las diez de la mañana, pregunto ¿A qué hora terminamos? ¡Ya los brazos no me dan!, la lesión de cuando me quebré la rodilla se hace presente cada vez que subo y bajo del camión, los pantalones están con un color blanco de los jugos que derrama la basura sobre uno, por mi pie izquierdo siento una humedad dentro de la bota que no puedo determinar si es sudor o jugo de basura.
El olor tan característico en este momento es prácticamente indescriptible, hay mucha acidez, con un olor de fondo a naranja rancia que pelea con toda la descomposición, observo a Edgar, yo escupo el zumo de mi boca, él sonríe diciendo que le agradece desde una vivienda –con mucho gusto señora– mientras carga las últimas bolsas de barrio San Francisco de Asís. Hay risas, nos falta una hora más.

Vencidos. Dos árboles de navidad después, por fin llegamos a Barrio Quintanar, 16 kilómetros, desde el inicio, de correr y tirar basura, infinidad de bolsas con desechos humanos, carne mala, falta tres puños de basura, el camión está a tope, un vecino se acerca corriendo y me entrega en la mano dos latas, una leche condensada y una leche evaporada, –tome para no botarlo–, los tomo y me subo a la parte trasera, –vea Edgar.
–Fijo están vencidos, vea la fecha de vencimiento–, me indicó Edgar.
No lo podía creer, más de cinco meses de vencidos, ¿Qué clase de ser humano regala a los señores de la recolección, alimentos vencidos? ¿Qué clase de personas piensa que somos? Me dejó sin palabras, mi seriedad fue notoria, combinada con el esfuerzo del día, parece risible.

Llegamos al último puño de basura, ahí estaba Edwin, que como en el primer momento, siguió su modo frenesí con Edgar, apenas me dio tiempo de sacar la cámara y hacer las últimas fotos, mientras el camión como bestia que regurgita lanza sus últimos caldos al viento.

Hoy Edgar y Edwin, me enseñaron lo importante de su labor en un pueblo falto de cultura, nos vemos y reímos, los hombres que en silencio limpiaron 16 toneladas en 16 kilómetros. Sus ropas para muchos huelen a basura. Para mi huele a honor, libertad, dinero bien ganado.

En el plantel, una última fotografía de los tres, mi más grande admiración y respeto, agradezco la oportunidad y dicha de hacer posible este trabajo para todos los que nunca lo hemos realizado.
Al final del día, la basura es basura, pero la dignidad de estos hombres no se puede ensuciar.
Por Ronald Solano Jiménez.


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